TUKUENDA 13 AÑOS DESPUÉS

 TUKUENDA

Volver al origen

«No se puede cumplir un ritual si no se conoce el origen». 

Hace muchos años comencé a escribir TUKUENDA.

Entonces no pretendía construir un tratado académico sobre las religiones tradicionales, ni establecer verdades definitivas acerca de ellas. Había una inquietud mucho más sencilla detrás de aquellos primeros escritos: intentar comprender.

Durante mucho tiempo, las religiones originarias de África y algunas de las tradiciones que posteriormente se desarrollaron en América y el Caribe fueron explicadas desde la mirada de quienes no pertenecían a ellas.

Vodún, Palo, cultos ancestrales, prácticas de sanación, comunicación con los antepasados, la utilización de plantas, estados de trance y muchas otras manifestaciones religiosas fueron frecuentemente colocadas dentro de una misma categoría: brujería, superstición, magia oscura o culto demoníaco.

Detrás de esas palabras existe una forma determinada de mirar al otro.

Cuando una cultura interpreta las creencias de otra utilizando exclusivamente sus propias categorías religiosas, corre el riesgo de dejar de comprender aquello que observa. Los espíritus se convierten entonces en demonios; los antepasados, en supersticiones; los sacerdotes, en hechiceros; los objetos rituales, en fetiches; y ceremonias poseedoras de una compleja estructura simbólica terminan reducidas a manifestaciones de una supuesta ignorancia.

TUKUENDA nació, en buena medida, como respuesta a esa mirada.

No para afirmar que todas las antiguas prácticas fueran buenas por el simple hecho de ser antiguas. Tampoco para sustituir una verdad religiosa por otra.

Mi intención era regresar al origen.

Comprender una religión exige, antes que nada, intentar observar el mundo desde el sistema de pensamiento que la hizo posible.

¿Qué significa un antepasado para una comunidad donde los muertos continúan formando parte de la familia?

¿Qué representa una planta cuando la naturaleza no es entendida únicamente como materia?

¿Qué significa un espíritu dentro de una cosmovisión en la que lo visible y lo invisible forman parte de una misma realidad?

¿Qué representa el trance cuando una comunidad lo interpreta como una forma legítima de comunicación con otra dimensión de la existencia?

Antes de juzgar esas respuestas debemos comprender las preguntas que las originaron.

Entre los libros y la experiencia

Una parte de lo que apareció posteriormente en TUKUENDA procedía de libros, investigaciones antropológicas, documentos históricos y autores que durante años intenté consultar y contrastar.

Pero no todo nació en una biblioteca.

Durante determinados períodos tuve la posibilidad de aproximarme a casas religiosas, conversar con practicantes y conocer espacios rituales desde una cercanía que difícilmente puede obtenerse solamente mediante la lectura.

Algunas cosas podían ser observadas.

Otras podían ser preguntadas.

Y otras pertenecían exclusivamente a quienes habían recibido determinados conocimientos dentro de sus propias tradiciones.

Esa diferencia es importante.

Con los años he comprendido todavía mejor que conocer algo no concede necesariamente el derecho a revelarlo. Existen conocimientos rituales cuya reserva forma parte de la propia tradición y debe ser respetada.

Por ello, al regresar hoy a estos escritos, quiero establecer una distinción que quizá entonces no expresé con suficiente claridad: una cosa es aquello que encontramos documentado históricamente; otra, lo transmitido por los practicantes; otra, lo observado personalmente; y finalmente está nuestra interpretación de todo ello.

Confundir estos niveles puede convertir una investigación en afirmación. Separarlos permite que el lector piense por sí mismo.

El tiempo también modifica nuestra mirada

Han pasado muchos años desde aquellos primeros textos y durante ese tiempo también ha cambiado mi manera de observarlos.

Al releer TUKUENDA encuentro ideas que todavía considero válidas. Encuentro preguntas que continúan interesándome. Encuentro testimonios y experiencias que merecen conservarse.

Pero encuentro igualmente generalizaciones, conceptos que necesitan mayor precisión, fuentes que hoy deben contrastarse con investigaciones posteriores y afirmaciones que escribiría de otra manera.

No deseo ocultarlo.

Sería absurdo regresar después de tantos años para fingir que nada ha cambiado.

Investigar significa también tener la capacidad de corregirse.

Por eso esta nueva etapa de TUKUENDA no pretende borrar los antiguos escritos. Pretende regresar a ellos.

Volver a preguntar, volver a consultar las fuentes. Confrontar lo que entonces se sabía con lo que hoy conocemos. Distinguir entre tradición oral, experiencia, interpretación y evidencia histórica y cuando sea necesario, reconocer sencillamente que algo que escribí hace años necesita ser corregido.

"Ni demonios ni santos"

Existe además algo que no ha cambiado.

Continúo pensando que ninguna tradición religiosa debería ser definida exclusivamente mediante las categorías de otra religión.

Durante siglos, determinadas prácticas africanas y afrodescendientes fueron interpretadas utilizando conceptos que les eran ajenos. El resultado produjo imágenes que posteriormente pasaron de los discursos religiosos a la literatura, de la literatura a la prensa y finalmente al cine y a la cultura popular, algunas sobreviven todavía.

El Vodú continúa apareciendo asociado en el imaginario popular con muñecos atravesados por agujas, maldiciones y muertos que regresan de sus tumbas.

Las religiones de origen bantú continúan siendo reducidas muchas veces a la palabra brujería.

El trance continúa interpretándose desde fuera como pérdida de control o espectáculo.

Y determinados objetos rituales siguen siendo presentados como si su significado pudiera comprenderse únicamente observando su apariencia.

TUKUENDA nunca pretendió sustituir esas caricaturas por otras No necesitamos convertir en Santos ni en demonios  esos objetos.  Necesitamos algo más difícil: comprenderlo. Comprender el contexto histórico. Comprender la cosmovisión. Comprender el lenguaje simbólico. Comprender qué piensa de su propia práctica quien vive dentro de ella y después intentar interpretará. 

Regresar

Quizá por eso regreso a TUKUENDA. No porque pretenda recuperar exactamente aquello que escribía hace más de una década. Regreso porque algunas de aquellas preguntas continúan abiertas.

¿Qué ocurre cuando una religión abandona la tierra donde nació y atraviesa un océano?

¿Qué conserva? ¿Qué transforma?¿Qué incorpora de las culturas que encuentra?

¿Qué relación existe entre naturaleza, cuerpo, conciencia, antepasados y mundo invisible?

¿Dónde termina la experiencia religiosa y comienza nuestra interpretación de ella?

Probablemente nunca encontremos respuestas definitivas, pero quizás nunca fue esa la finalidad.

TUKUENDA nació intentando mirar detrás del ritual para encontrar su origen. Muchos años después, ese continúa siendo el camino.

Porque antes de creer o no creer, existe una posibilidad mucho más interesante: comprender.

Y para comprender, algunas veces es necesario regresar al principio.

proverbios africanos


Los Proverbios africanos son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de los antiguos sabios africanos. Muchos proverbios son observaciones acuñadas por la experiencia colectiva a lo largo del tiempo, con temas que van desde la meteorología hasta el destino invariable y fatalista de existencia. Constituyen el bagaje cultural del pueblo africano en tiempos en los que la tradición oral pasaba la sabiduría popular de una generación a otra.

“Que la serpiente vaya en zigzag no quiere decir que esté borracha”

“Incluso sin dientes, el leopardo da miedo.”

"Por mucho que adelgace, el león seguirá siendo el rey de la selva"

"Si ves a una cabrita entre los leones, es que no es una cabrita"

"Él que ha visto el león y él que le ha oído no tienen la misma manera de correr"

“Un sabio no juega al potro con el rinoceronte” 

"Si en época de sequedad, el elefante ha adelgazado, es que el lagarto ya ha muerto"

"Cuando el leopardo está ausente la gacela baila” 
 

"Él que te muerde, te recuerda que tienes dientes.”

"El ojo que nunca ha llorado, no ha visto aún nada”

"Él que tiene diarrea no teme la oscuridad"

 "Es más fácil para una hormiga transportar una montaña que mover a los que mandan" 




El reino Fon de Benín

La leyenda del Reino de Allada
La tradición oral de los fon explica que Aligbonon, hija del rey de Tado, fue a buscar agua a un estanque cuando un leopardo se abalanzó sobre ella sin matarla. Algunos meses más tarde, Aligbonon dio a luz a un varón, que bautizó con el nombre de Agassou: hijo del leopardo.
Con el paso de los años Agassou se convierte en un hombre fuerte, cubierto de pelos rubios y con las uñas largas haciendo honor a su condición de ‘hombre-leopardo’. Debido a su terrorífico aspecto ninguna de las chicas de Tado quiere casarse con él. Es entonces cuando su madre busca una esposa para su hijo entre otras tribus de la región. Su aspecto y el hecho de desposar a una mujer que no pertenece al reino de Tado impiden a los descendientes de Agassou de ser candidatos al trono. Será finalmente el nieto de Agassou quien frustrado por serle denegada la posibilidad de ser rey asesina al príncipe Adja, heredero al trono de Tado y huye con su familia y seguidores al otro lado del río Mono. Este hecho le convierte en Adjahouto –el asesino de Adja-. Con él lleva el cráneo de su abuelo Agassou, la calabaza sagrada de Tado –de donde deben beber todos los monarcas- y dos pitones de los bosques de Tado. Al llegar a las fértiles tierras del centro del actual Benin, funda su propio reino. A pesar de la distancia, Adjahouto sabe que los soldados de Tado lo están buscando para matarlo y es entonces cuando decide convertirse en árbol para evitar que lo encuentren. El poder de convertirse en otros seres vivos lo había heredado de su abuelo. Ante su desaparición, sus seguidores exclaman ‘el rey ha muerto’ que en lengua fon es Alla Da, de ahí que el reino más antiguo del imperio fon se conozca como Allada. Hoy en día el ‘árbol-rey’ sigue en pie en el bosque sagrado de la ciudad de Allada.