- ¡Qué vida tan tonta nos toca vivir!- dijo un día el conejo estirando
las patas de atrás.
- Tienes razón- dijo el pequeño zorro
-hace
infinidad de años que no ocurre en la selva nada de extraordinario,
distinto de lo corriente.
- Y, por añadidura, mi padre, antes de
dormirse- siguió diciendo:
-el leoncito me aburre con las acostumbradas
historias de sus tiempos...“¡Cuando las selva sufría unos períodos
larguísimos de sequía, entonces sí que había que sudar de lo lindo para
procurarse comida! Ahora en cambio los períodos de lluvia y de buen
tiempo se suceden con regularidad matemática y todo crece debajo de tus
pies sin esfuerzo alguno. Vosotros los jóvenes no sabéis lo que
significa estar cansados.”
- No te creas que tu padre es el único que te
hace esos sermones -repuso el conejo.
-El mío, por ejemplo, nos sigue
diciendo:
“Haced economías, hijitos; guardad algo ahora que hay
abundancia, porque las cosas pueden cambiar. Yo he tenido que andar un
día entero para encontrar un puñado de hierba seca.”
-Es realmente un
tormento tener que vivir con estos viejos que sólo saben refunfuñar.
Un
cuervo, que desde lo alto de un árbol lo había oído todo, graznó:
-
Amigos, ¿qué os parece si dejamos a nuestros viejos con sus
lamentaciones y nos vamos a un país en el que sólo haya jóvenes?
- ¡Eso
sí que es hablar bien!- sentenció el pequeño zorro
-.¡No es justo que
desperdiciemos nuestra juventud! Y, diciendo esto, se marcharon
alegremente.
Cuando el sol se ocultó tras las montes, los cuatro amigos
pensaron detenerse en una gruta para comer.
- ¿Hay alguien que haya
traído algo de comer?- preguntó el zorro.
- ¡Qué mala sombra! Nos hemos
olvidado. Pero no temáis, yo me ocupo de eso, dijo el cuervo.
Saltando
de rama en rama llegó a lo más alto de un árbol y luego se fue.
Esperemos que nos traiga algo bueno - comentaron los demás.- Tenemos mala
suerte, amigos; dijo el cuervo regresando poco después con el pico
seco.
-Pero me he enterado que más allá de esos montes del fondo hay un
valle muy fértil.
Y los cuatro amigos reanudaron su marcha con un hambre
feroz que les roía el estómago.- Nuestros viejos refunfuñaban, -dijo el
leoncito-, pero nos daban de comer.
Los otros se callaron, porque
pensaban lo mismo. Anduvieron muchísimo. El sol
se alzó en el
cielo mientras los cuatro avanzaban lentamente con la lengua colgando y
la cabeza dándoles vueltas por el cansancio.- ¡Vamos a pararnos aquí!-
ordenó el león.
Todos se recostaron en unas matas y se durmieron. Pero el
zorro se despertó en medio de la noche.- ¡Madre mía, qué hambre! – se
lamentó tocándose el estómago. Luego, viendo al cuervo que dormía a su
lado, le dijo: ¡Tú nos has metido en esta estúpida aventura! Y
con un profundo sentimiento de desprecio se le echó encima comiéndoselo
con plumas y todo.
- ¿Dónde está el cuervo?- preguntaron los demás a la
mañana siguiente.
- Ese vil traidor habrá huido durante la noche -contestó el zorro procurando no sonrojarse por la vergüenza.
Al anochecer
el tercer día, el conejo no quiso seguir adelante.
- Te aseguro que el
valle de los jóvenes está muy cerca- rugió el león.
- Pues yo digo que no
ando más- dijo el conejo.
- Entonces vamos a pararnos, puesto que tú
quieres tener siempre razón-concluyó el zorro, que ya se relamía
pensando en las tiernas carnes del joven roedor.
A la mañana
siguiente, en efecto, se encontraron solamente el león y el zorro.-
¿Dónde habrá ido el conejo?- preguntó el león.
- Está claro. Anoche quiso
detenerse y habrá acabado como el cuervo.
Los amigos, que ya eran sólo
dos, reanudaron el camino jurándose mutua fidelidad. Hubo un momento en
que dijo el león:
- Me asombra lo ligero que andas, sin dar signos de
cansancio.
- ¿Qué quieres , compadre león? Nosotros los zorros somos
resistentes.
- Pues temo que te has comido al cuervo y al conejo.
- ¡Qué
cosas se te ocurren!- Llevamos ya cuatro días andando, yo, que soy un
león, me estoy muriendo de hambre y tú, miserable zorro, estás vigoroso
como uno que va de paseo. Así es que déjate de historias.
O yo me muero
de hambre o...El zorro se encogió todo lo que pudo, pero el león
consiguió ponerle una pata en la cabeza y se lo comió en dos bocados.
Sin
embargo, poco después, al superar el montecillo, el rey de la selva se
encontró en el fértil valle entrevisto a lo lejos por el cuervo.
-
¡Qué malo he sido deshaciéndome del único compañero que me quedaba!
Ahora podríamos vivir los dos felices y contentos –gimió -. No había
acabado de secarse las lágrimas, cuando oyó a unos cazadores que
decían:- ¡Mira qué ejemplar tan magnífico! Procuremos no estropearle la
piel.
El infeliz animal miró en torno aterrorizado, pero era ya demasiado
tarde: una lanza le hirió en la garganta, matándolo.
Precisamente en eso
momento, a lo lejos, los ancianos padres del conejo, el cuervo, el
zorro y el león inventaban el proverbio que dice:
El que quiera a toda costa
su vida entera cambiar
perderá siempre la barca
y terminará en el mar
Fábula de Kenya